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"¿Quién escribirá sobre Tyler J. Doohan?" / Metáforas Cotidianas
09:23 OPINION
Los cuentos infantiles surgen de la cultura popular, de la cotidianidad familiar, que siempre ha sido la misma: educar a los hijos en los valores, el respeto, la obediencia, el amor y servicio a los mayores, etc.

Metáforas Cotidianas
Aída Alcalá Campos.
¿Quién escribirá sobre Tyler J. Doohan?

Desde San Francisco de Campeche, Cam., enero 27 de 2014 (EXCLUSIVA COMUNICA).- Mis nietos pidieron pasar conmigo este fin de semana. Yo, feliz. En el ajetreo de la atención a sus requerimientos me encuentro la tele prendida y nadie prestándole atención porque cada nieto estaba con una computadora: el adolescente de casi quince había cargado con su laptop y el chiquitín de siete se había apoderado de la mía. A punto de llamarles la atención por la tele prendida me doy cuenta que estaban pasando Cenicienta, el clásico de Disney, la película de mis años infantiles.

Sucumbí al encanto. Sí señor, aún me atraen enormemente esos filmes, así que me acomodé en la cama, olvidé el propósito del regaño y disfruté plena y nuevamente los dibujos animados y las canciones; sobre todo la del Hada Madrina: Salacadula, chalchicomula, bíbidi, bábidi bu…

Mis nietos y la película relajaron un poco el impacto de la noticia del fallecimiento de un niño de 8 años, Tyler J. Doohan, mientras salvaba a sus familiares de un incendio y me alentaron a escribir este texto en homenaje a él y a su familia.   

Inicié mi contacto con la literatura desde muy pequeña, gracias a los Santos Reyes que me trajeron un precioso libro de cuentos de Hans Christian Andersen. Recuerdo nítidamente sus letras grandes y el dibujo alusivo a cada cuento. Quizá por ello siempre he sido una lectora de imaginación desbordada.

Hace algunos años me sorprendió descubrir entre mis alumnos de la facultad de Humanidades que de todos ellos, 20 en total, tan solo dos habían oído o leído cuentos infantiles, y ninguno en su versión original; es decir, tal y como fue escrito por su autor. Ahí tiene usted el de Caperucita; que es el cuento peor narrado, al menos en las versiones mexicanas, con que me he topado. El final de la narración original del francés Charles Perrault, deja  establecido que el lobo se come a Caperucita ¡y ningún leñador la salva! pues ella merecía un castigo por caprichosa y desobediente al no seguir las indicaciones de su mamá. Aunque, desde mi punto de vista, en la madre se advierte también una clara irresponsabilidad y merece de igual manera un escarmiento. ¿Cómo está eso de que la mande solita al bosque? ¡Por Dios!

El niño acepta valientemente, y comprende en toda su magnitud, el suceso narrado. Aplica su lógica que no es corta ni pequeña ni limitada. Su conocimiento sobre las conductas humanas está bien establecido. Caperucita no es un cuento fantástico y mucho menos de hadas. Es en cambio un relato sumamente realista, sus elementos así lo establecen: Una madre soltera (jamás se nombra al padre), una abuela enferma, una niña -como dije antes- caprichosa y desobediente y un lobo hambriento que, lógicamente, se la come. La ferocidad y fuerza del animal, en contraposición a la delicadeza y fragilidad de la niña, han motivado al ingenio popular para usar a estos personajes como metáfora sexual.

Recordemos a Pinocho, del escritor italiano Carlos Collodi; es un muñeco de madera, cuya valentía e inteligencia lo convierten en un niño de carne y hueso. Valiente porque vence la tentación de conformismo en que había caído por querer solo jugar y jugar y convertirse en un borrico sin otra alternativa que girar siempre alrededor de una noria; inteligente porque decide entonces ir a la escuela para aprender y ser mejor. El niño, así de sencillo, asimila los sucesos que se plantean en el cuento.

Los cuentos infantiles surgen de la cultura popular, de la cotidianidad familiar, que siempre ha sido la misma: educar a los hijos en los valores, el respeto, la obediencia, el amor y servicio a los mayores, etc. Siglos pasan y la familia universal tiende a las mismas prácticas pues, en este sentido, todas las culturas del mundo persiguen el mismo propósito. De ahí que los cuentos infantiles sean, por tanto, clásicos y universales. Y aunque ha habido muchas adaptaciones de ellos, a lo largo de los siglos y años la esencia que les dio origen se mantiene incólume.

Hoy no cabe en el concepto del título de esta columna el acto heroico de Tyler J. Doohan, porque no es cotidiano y mucho menos puede cobijarse en una metáfora. Las mismas llamas, si se me permite la reflexión, ya no soportaron el peso de su avasallante autolimitación al permitirle entrar una y otra vez en ellas, y más que abrasarlo lo abrazaron en su frenesí. El propósito del niño era directo, simple y llano: salvar a su familia, logrando poner fuera de peligro a seis de ellos. La belleza de su acción proviene, estoy segura, de ese propósito familiar y sí, cotidiano, de educar a los hijos; y es tan deslumbrante que no le cabe metáfora alguna pues ésta se opaca frente a aquella.

Me pregunto ¿habrá leído Tyler cuentos infantiles?; estoy segura. ¿Los habrá escuchado de su familia?, es muy probable; él mismo es la prueba de ello. También me pregunto ¿alguien escribirá sobre este niño? En este convulsivo mundo consumido por la violencia en los medios, en las calles, en los gobiernos, me pregunto: ¿habrá familias que persiguen el propósito cotidiano de educar a los hijos en los valores y ser modelo para ellos? Las hay, estoy totalmente convencida, y estoy segura que usted pertenece a una de ellas.
 

El acto heroico de un niño de 8 años.
 

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