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"Amanecer en las selvas" La aventura misional del P. Vadillo / Miscelánea Eclesiástica
20:51 DIÁLOGOS
El padre Manuel Vadillo quiso escribir esta obra en recuerdo de sus 10 años de sacerdocio y como homenaje al Inmaculado Corazón de María, cuya devoción implantó en la parroquia de madera que empezó a levantar abriéndose paso en medio de la selva escarceguense.

Miscelánea eclesiástica
Armando José Rosado Cel.
Amanecer en las selvas. La aventura misional del P. Vadillo
Campeche, agosto 20 de 2013.

Desde San Francisco de Campeche, Cam., agosto 21 de 2013 (EXCLUSIVA COMUNICA).- Ignoro cómo llegó a mis manos, pero desde las primeras páginas me cautivó. Sus párrafos, tan creativos y descriptivos, hacen que la imaginación recree las situaciones y emociones de su autor, la intrepidez y entusiasmo del misionero. Su lectura colorea la mente con las imágenes de la flora y la fauna de nuestra tierra tan llena de riquezas, muchas de ellas aún escondidas en el silencio, otras bajo el peligro de la depredación humana. Creo que no había un título más sugestivo para el librito: “Amanecer en las selvas”. Su artífice fue Manuel Vadillo Novelo, el multifacético sacerdote campechano de quien ya hemos tratado en la pasada entrega. Quiso escribirlo en recuerdo de sus 10 años de sacerdocio y como homenaje al Inmaculado Corazón de María, cuya devoción implantó en la parroquia de madera que empezó a levantar abriéndose paso en medio de la selva escarceguense. Lo dedicó a los sacerdotes misioneros (en Sinaloa, Nayarit, Tehuantepec, Quintana Roo, Chihuahua, Tabasco, Chiapas, etc.), pero también a los que desde la oración y amistad acompañaban a aquellos otros peregrinos del Evangelio. Sin duda alguna él tenía en mente muchos nombres de condiscípulos suyos, exalumnos montezumenses como él, de tantos compañeros de camino y hermanos en el ministerio y en el ideal del servicio al prójimo.

El 6 de marzo de 1953 el Obispo de Campeche Dr. Alberto Mendoza y Bedolla dio el “imprimatur” a la obra constituida por escasas 95 páginas, dadas a la estampa meses después en la imprenta “Hernán”, de Zamora, Michoacán. El prólogo, de Fernando Díaz López, da la razón de ser del libro: En aquellas selvas, a la luz de una hoguera brotó en el P. Vadillo el deseo de compartir las correrías y aventuras apostólicas de un párroco que trabajaba en las selvas del sureste mexicano, para hablar de los lugares en que se adentraba, dar a conocer el estado espiritual de los pobladores esparcidos por aquellas selvas y animar el espíritu de ayuda de los lectores.

“Amanecer en las selvas” es la historia de una conquista, la conquista de la selva. Pero es también una alegoría. Es la exposición de un método. Es la historia de una conquista más sublime y compleja: la conquista humana y espiritual, la conquista de los corazones de los parroquianos a los que debió servir el P. Vadillo. El libro Consta de dos partes, con igual número de escenarios. La tercera parte -dedicada a la fauna tropical- la reservó su autor a una edición posterior que, parece ser, nunca vio la luz.

La primera parte del libro se inaugura en los montes de la “abandonada y estéril” parroquia de Tenabo, adonde fue enviado el P. Vadillo en 1945 y en donde emprendió sus primeras aventuras cinegéticas. La lectura de “Un viaje al Archipiélago”, de Rusell Wallace, le inspiró el plan que debía seguir para hacer progresar la parroquia: La conquista de la selva para conquistar el carácter de los tenabeños. Se dedicó a investigar, acopió material (escopeta, municiones, medicamentos, cámara fotográfica...) y como presagio de buen fruto “en mi amplia oficina parroquial -escribe- vi por vez primera a mis hombres dormidos renacer al entusiasmo de una aventura...”.

Cura y parroquianos partieron en la primera expedición; y a ésta le sucedieron muchas más. Sorteaban pantanos, se abrían paso entre la vegetación cerrada, atravesaban lagunas. Establecieron en medio de la selva un campamento que fue el centro operativo de las cacerías que harían cada tres meses. Imagino a aquel grupito de hombres con su párroco a la cabeza, construyendo el campamento de Cristo Rey, de dos pisos, en las espesuras del Petén y quemando salvas para celebrar el acontecimiento. Lo imagino y me emociono. Todos los días a las 4 de la mañana escuchaban con atención un fragmento del Evangelio acompañado de los primeros cantos de los pájaros, celebraban la misa, desayunaban y salían a cazar venados, faisanes, tejones, lagartos, patos, tortugas... Aquellos rudos hombres aprendieron a encomendarse a la Virgen y a rezar el Rosario. Vivieron jornadas andadas a pie, porciones de caminos recorridos sobre la vieja carreta de Polín, el jefe de la cuadrilla, en fin, una serie de luchas que se prolongó por tres años y que lograron su objetivo: el P. Vadillo llegó a sentirse orgulloso de sus “valientes y abnegados hombres”, “convertidos en magníficos cristianos, firmes en sus convicciones religiosas gracias a la voluntad de acero forjada en los grandes sacrificios, ilustrados en las sabrosas páginas del Santo Evangelio comentadas bajo el cielo estrellado y meditadas en el silencio de la selva tranquila”. Pero se despidió para siempre; tenía que contagiar a otros del entusiasmo de Creer.

Escárcega es el escenario de la segunda parte del libro. El Obispo Alberto Mendoza, por el mes de agosto de 1948, llegó a Escárcega para crear una nueva parroquia. 30,000 km2 de territorio selvático abrazaban una veintena de poblados distribuidos a lo largo de las vías férreas y centenares de campamentos chicleros y madereros, sin iglesia parroquial ni casa cural. Ahí estaba el P. Vadillo, que había abandonado las selvas del Petén para internarse en las del sur de Campeche y hacer frente al nuevo encargo. Tenía que iniciar de cero. Comenzó por levantar la casita cural con la madera que el hábitat le ofrecía y luego, el 22 de febrero de 1949, echó a andar la construcción de la iglesia del Inmaculado Corazón de María. Poco a poco, con la ayuda de un grupo de 5 religiosas Mercedarias del Santísimo Sacramento comenzó este nuevo amanecer en las selvas; luchando contra la intrincada vegetación, la ignorancia religiosa, la inmoralidad, las dificultades planteadas por la movilidad social, el aislamiento, las carestías materiales y espirituales, la actitud hostil de un viejo exrevolucionario del norte con pistolas en la cintura y a quien, a fuerza de constancia y sincera amistad, logró corregir de sus extravíos, y tantos otros obstáculos a los fue enfrentándose.

Renacieron las aventuras del misionero con ilusiones de cazador en un nuevo lugar, apacible y misterioso. Revivieron las caminatas, vinieron las andanzas a caballo y en mula, los tramos recorridos en tren, los ascensos y descensos por los cerros, el sortear de ríos, los trayectos bajo lluvia, la oscuridad de espesas neblinas. ¿Para qué? Para cazar y para casar. Para bautizar, confesar, celebrar la misa y predicar. Su  plan misional era salir y atravesar las selvas cada tres meses, como en Tenabo. Yendo de camino hacia los campamentos (El Pato, Guerrero, Victoria, Encarnación, Mamantel, Don Samuel, Pital, Konhuás, Km. 109, etc.), acompañado de algunos hombres de los campamentos, rezaba el Rosario y celebraba la misa; y aprovechaba también para cazar, obteniendo grandiosos botines en aquellas extraordinarias expediciones (monos araña, zaraguatos, pavos de monte, perdices, etc.,  de los cuales no sólo aprovechaba las carnes sino también las pieles y plumajes, o incluso los animales enteros para disecarlos). Cual misionero del siglo XVI, cual sacerdote de aquellos que acompañaron a los primeros conquistadores de América, se sintió profundamente conmovido pensando que antes de sus labios ningunos otros habían pronunciado las palabras de la consagración en aquellos recónditos sitios. Fue comprobando el progreso espiritual y moral de sus parroquianos, junto con sus fatigosas jornadas de cada día. Y casi 5 años después de haber llegado a Escárcega imprimió su librito.

He releído “Amanecer en las selvas” y me he soñado ahí, junto al P. Vadillo y sus muchachos. Me he imaginado sentado frente a su escritorio, en su rústico estudio en la parroquia de Escárcega, desde donde escribió la última página de su primer libro, que fue el único, mirado por los ojitos de vidrio de sus animales disecados: un zaraguato sentado en la rama de un árbol, una zorra echada y un tigrillo que comparten el tapetito de una mesita; y tantos otros animales terrestres, aéreos y acuáticos que a lo largo de casi una década protagonizaron con el P. Vadillo muchísimos amaneceres en las selvas. Es una pena que en las bibliotecas no se pueda encontrar este pequeño pero no menos apasionante librito.






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Amanecer en las selvas(Portada de la edición de 1953)