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Vivir y morir en Tierra Caliente
18:29 REPORTAJE
En esta región en conflicto, las matanzas a plena luz han obligado a la gente a atrincherarse en sus casas, dejando atrás las tardes tranquilas cuando platicaban o asistían a las fiestas populares.

Redacción Comunica, enero 28 de 2014 (Román Fuentes).- La gente de la región de Tierra Caliente va retirando los escombros de lo que ha dejado esta caótica guerra en donde impera la incertidumbre, la desconfianza y el dolor. Acaso una leve –y a veces parpadeante– sensación de esperanza se asoma ante la presencia de uniformados, carros militares y gente extraña que desde hace algunas semanas invadió la llamada zona de conflicto, desde Apatzingán hasta Coalcomán, pasando por Chinicuila y Tepalcatepec. En su mayoría son periodistas de casi todo el mundo, policías federales, marinos, militares, infiltrados, visitadores de Derechos Humanos, políticos oportunistas, estudiantes, curiosos y hasta documentalistas perdidos que les tocó la suerte de encontrarse en estas tierras.

En esta región se acabaron de golpe las tardes de remanso en el pórtico de las casas de cemento o adobe, tomando una cerveza y jugando al cubilete, los señores, y tejiendo o contando chisme, las señoras. Es casi suicida salir a la plaza principal y sentarse en la tarde que empieza a refrescar en una banca para ver pasar a las muchachas de buen cuerpo que abundan por aquí, o platicar a la sombra de un huizache. También se acabaron las ganas de ir el fin de semana al baile de jaripeo donde la Banda Limón, Pancho Barraza, o la Banda Cuisillos tocan hasta el amanecer.

“Ya nadie quiere ir a los toros el domingo, donde se veía frecuentemente al vecino, al amigo, o representaba la oportunidad de hacer apuestas y echar trago para olvidar lo jodido. Salir al baile es cosa rara. Es casi sinónimo de muerte y como en la ruleta rusa, no se sabe a quién le tocará”, cuenta Don Erasmo, un viejo campesino.

Por eso las madres encierran a la fuerza a sus hijas adolescentes, que se mueren por desahogar su vida y han visto cerradas todas las posibilidades. Las bodas y los bautizos se celebran ahora muy temprano y las fiestas se acaban antes del atardecer y cada vez son más íntimas y menos jocosas, para no llamar la atención. Atrás quedó el tiempo en el que se invitaba a todo el pueblo y las fiestas se prolongaban hasta por ocho días. Las balaceras a plena luz han obligado a la gente no solo a cerrar negocios, sino también a atrincherarse y sofocarse en sus casas, sin aire acondicionado y con la televisión encendida.

Lo único que está lleno ahora son las horas de misa y los templos. Hoy la gente se ha refugiado también en la religión, asegura el presbítero Adrián Alejandrez, quien dice con amargura que el incremento de la violencia “para lo único que ha servido es para abarrotar las iglesias”.

Por su parte, “Irene” cuenta como ha tenido que escuchar con horror y paciencia, el relato de decenas de mujeres viudas que han recibido el cuerpo de su hijo o su marido en una bolsa de plástico hecho cachitos. “Esto no es vida. Las vemos hundirse en la miseria, no sólo material, sino espiritual cuando les arrebatan de la noche a la mañana a sus hijos, a sus hermanos, a sus maridos. ¿Qué va a hacer una mujer sola que de la noche a la mañana se ha quedado a la deriva?”.

Gregorio B., un joven cortador de limón, fue secuestrado cuando se iba a trabajar a las empacadoras para ganar un poco más de dinero. Gregorio estuvo con los ojos vendados con un trapo sucio y maloliente, al que solo le abrían una rendija cuando iba al baño. En su cautiverio no era permitido hablar con otros de su condición, ni con los propios custodios, a quien admite, “bien podría reconocer por el tono de voz”. Recuerda cómo cada día sus captores lo sacaban de un lado para otro para que no durmiera ni un sólo día en el mismo lugar y cómo sus alimentos a veces solo consistían en una pieza de pollo, que se repartía entre tres personas o más, lo mismo que un vaso de agua.

El día en que fue secuestrado lo bajaron del camión que conducía y lo subieron a otro vehículo a punta de pistola y lo llevaron lejos –así lo sintió, dice– primero por carretera, luego por terracería y luego a pie. Lo interrogaron por días para que confesará en donde se escondían los autodefensas en el monte, y para que denunciará a sus vecinos que habían decidido –según ellos– sumarse a estos grupos. Primero lo golpearon y lo patearon en la cabeza, la cara y la espalda y finalmente sólo lo insultaban cuando se dieron cuenta que no tenía ni idea de quién eran los líderes de los comunitarios.

En la región de Tierra Caliente, nadie duerme noches completas, ni tampoco sale “a mandados” solo. Los extraños, como los periodistas, no son bienvenidos. Tampoco se habla en voz alta.

Los habitantes sienten que la solución no es huir a ninguna parte, sino enfrentar las cosas y empezar a denunciar. Por eso ahora su preocupación se centra en que los medios de comunicación no dejen de hablar del problema, porque como señalan: “una vez que nos olviden nos van a matar”.

RF


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